Lo que me dejó «Ana Karenina»

Aclaro antes de empezar, que no se trata de hacer un análisis acerca de esta obra de Tolstoi, sino de cómo me iluminó en relación al trabajo que venía realizando con mi propia novela, «El Juego de las Máscaras».

Finalmente saldé una deuda que tenía conmigo misma desde hacía años, y completé la lectura de «Ana Karenina», uno de los libros que me había recomendado José del Carmen Nieto. Él insistía en que leyera clásicos, en especial a los rusos. Hace unos años tuve el placer de poder comprar y leer «Crimen y castigo» de Dostoyevski. ¡No se dan una idea de cómo sufrí a la par de Rodión Raskólnikov! Esos escenarios y las emociones que despertó en mí, me acompañarán para siempre.

Tengo una larga lista de pendientes. Por fortuna me tocó habitar una época con avances tecnológicos asombrosos. Leí «Ana Karenina» desde el teléfono, a través de la app «Libro Total» como audiolibro, lo cual fue una gran ayuda para mis ojos présbicos. Tengo también otra app que lee los documentos en Word y PDF con una voz agradable aunque un poco robótica y totalmente carente de emoción, pero no me importa, porque a la emoción la agrego yo. ¡Desde que sumé esa tecnología a mi vida, nada impide mi hora de lectura cuando me meto a la cama!

La imagen es ilustrativa; ya les conté que la leí desde una app en el teléfono.

«Ana Karenina» me impresionó ya desde los primeros capítulos. Ana es, por supuesto, una de los personajes, pero no la única, y a pesar de titular la novela, hay tramos largos en la historia durante los cuales pasan a primer plano otros, con existencias riquísimas, complejas, relatadas en detalle, y a Ana ni siquiera se la menciona.

Ya dije que no es mi intención hacer un análisis exhaustivo de la novela: no cuento con las herramientas suficientes ni tampoco es la idea de esta entrada. Si les interesa, en Internet podrán hallar muchos análisis excelentes. Dije recién que «Ana Karenina» me impresionó; tendría que haber aclarado que doblemente. En primer lugar, como lectora, porque es una novela maravillosa. En segundo lugar, y aquí empieza lo interesante, como escritora.

Coincidió su lectura con la escritura de los finales de la quinta y última parte de mi novela «El Juego de las Máscaras». Como comenté en varios de los videos en mi canal de Youtube, en los que me refiero puntualmente a este libro mío, «El Juego de las Máscaras» arrancó siendo un experimento: trencé varias historias que había creado (algunas completas, otras que quedaron a medias y otras que nunca llegué a plasmar sobre el papel) creyendo que si lo hacía bien, el resultado sería más interesante que cada una de esas historias por separado (que ya habían probado no funcionar por sí mismas). El experimento se complejizó en tanto que cuenta con cuatro protagonistas, tomados de una de esas historias en la que había cuatro personajes justamente, a cada uno lo construí con un par de aquellas historias, y tuve que hallar la manera de que confluyeran armoniosamente en un tiempo-espacio nuevos (porque como podrán imaginarse, cada una de esas historias transcurría en un lugar y época diferentes).

El experimento podía salir bien o resultar un completo desastre. El primer obstáculo que encontré fue que esta novela demandaba mucho de mí: no solo conocimientos teóricos (para los cuales, como hago siempre, acudí a profesionales) sino también cierta madurez mental-emocional para sortear de manera verosímil una serie de situaciones que se fueron presentando. Esto que acabo de decir es tema para un posteo aparte; sin embargo, se vincula con lo que deseo destacar. A medida que me instruía, que aprendía, que maduraba para volcarlo en la historia, ésta crecía. Así dicho sonaría evidente: pocas cosas hay en el mundo que no crezcan. Lo resalto porque creció de tal manera, que uno de los apodos con que nos referimos a ella con mi grupo de escritores y lectores más cercanos, es «la Bronto» (por Brontosauria). Comenzó siendo la cría de Brontosauria, pero al tiempo me di cuenta de que hasta para cría era demasiado extensa, y quedó Bronto directamente. Acotación al margen: la apodé así porque al pensar en un Brontosaurio creo que a todos nos viene a la mente la imagen de un animal gigantesco, si bien actualmente se han descubierto fósiles mucho más grandes, y Bronto no tiene que ver con el tamaño, sino con el sonido: significa «estruendoso». Aunque, para cerrar la idea con un toque de humor, creo que cierto estruendo provocará cuando la haya terminado y pueda dimensionarse su extensión completa.

Las novelas tienden a ser largas, por supuesto, de lo contrario serían nouvelles o cuentos directamente, pero que lo fuera tanto me dejaba con los puntos suspensivos cada vez que la revisaba. Disfrutaba de escribirla (ese es un buen punto de partida, no el único) y a medida que iba editando y presentando cada parte, los lectores disfrutaban la lectura (eso me dejaba más tranquila). Entre tanto, continué mi formación como escritora autogestora; lo que aprendí me señaló cuál estaba siendo mi punto de partida y la manera en que tenía que seguir trabajando. Acerca de estos puntos de partida, próximamente ofreceré una master class abierta, para todos los que deseen sumarse: les aseguro que saber eso cuando estamos escribiendo nos ahorra mucho tiempo, esfuerzo y dinero. Tal vez no sea «ahorrar» la palabra exacta, sino encaminar, para no perdernos en acciones que no tendrán sentido porque no se condicen con lo que buscamos.  

La extensión está justificada en función de dos características más de la novela He dicho que tiene cuatro protagonistas. Cada uno tiene su propio universo, que en un punto se entrecruza con los de los demás y comienzan las interacciones. Un escritor amigo, Avelino Sainar Nuñez –que además fue el presentador en Corrientes de las cuatro partes editadas y presentará también la quinta– llegó a contar alrededor de cuarenta personajes, entre secundarios y terciarios. ¡Hay que sostener en el tiempo de la historia (y en las páginas) algo así! Cantidad de personajes: esa es una de las características. La otra es consecuencia inevitable: la trama es compleja. He dicho que cada protagonista fue el depositario de dos de las historias que tenía sueltas. Imaginen el resto.

Borrador de las cuatro partes ya editadas de «la Bronto». Cuando concluya la quinta prometo foto de la novela completa más un cierre de mi experiencia escribiéndola.

Justamente, de acuerdo a las enseñanzas de estos escritores con los que me formé los últimos años, «El Juego de las Máscaras» es un pecado. Novela extensa, con una trama compleja y tantísimos personajes. Ha merecido comentarios de pena y preocupación (por parte de gente que no la leyó, aclaro; quienes sí lo hicieron piensan otra cosa). Y es en este punto cuando «Ana Karenina» me iluminó. Claro que pudo haber sido otra novela, pero justamente le tocó a ésta estar siendo leída mientras atravesaba como escritora esta situación particular. Y me dio la firmeza para no tolerar generalidades. Siempre agradecí y lo seguiré haciendo, las observaciones y correcciones que recibí: hablé muchas veces de la importancia de una mirada ajena, porque uno mismo como autor jamás puede lograr ese grado de imparcialidad. Vamos, que uno no puede ser un lector objetivo de su propio libro. Sin embargo, ya no aceptaré que personas que no hayan leído mis novelas, objeten por inercia que deberían ser breves (¡qué clase de novela serían!), que hay que medirse en la cantidad de personajes y que la trama tiene que ser simple y lineal. No me imagino «Ana Karenina», por seguir con el ejemplo, escrita de esa manera. Me apresuro en aclarar que también disfruto de ese estilo de novelas como lectora y también las he escrito: «Llamaradas de Recuerdos» cumple con las tres premisas y tengo en mente otra que también podría encajar. Pero hay historias e historias. No todas son simples. Y no serlo, no les resta encanto, a menos que…

Sí aceptaré que lo señalen en el caso de que esa cantidad de páginas pudieran resumirse en muchas menos. Si no puedo sostener tantos personajes en el transcurso de la historia, si no cierro las situaciones que abro, y en definitiva, acabo perjudicando a la novela. Pero para eso, primero hay que leerla. Eso me lleva a quiénes son mis lectores ideales (y si tienen curiosidad por saber si se encuentran entre ellos, les prometo próximamente otro posteo sobre el tema).

Viene al caso aclarar que en ningún momento planifiqué una novela extensa. Cuando me siento a escribir no pienso en la cantidad de páginas. Lo importante es construir bien los personajes y trenzar de manera atractiva la trama. La cantidad de páginas estará en función a eso. Pero aun así, nunca jamás (y lo remarco con toda intención) imaginé una obra de tal extensión.  

No, «El Juego de las Máscaras» no se parece ni remotamente a «Ana Karenina» si es lo que esperaban leer. La mía es una novela contemporánea, transcurre principalmente en el nordeste argentino (si bien hay personajes que se mueven nacional e internacionalmente) y está atravesada por situaciones y problemáticas actuales, de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Sin embargo, sí comparte estas tres características recién mencionadas. Antes de despedirme, les recuerdo que empezó como un experimento. Una suerte de monstruo de Frankenstein de la Literatura. En manos de los lectores estará el veredicto final.

1 comentario en “Lo que me dejó «Ana Karenina»”

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