El Caballero de las Letras

Uno llega a ser quien es no sólo gracias a su propio mérito y esfuerzo, sino también a quienes contribuyeron en su andar. En mi caso, tengo muchos a quienes agradecer.

Uno de ellos es don José del Carmen Nieto. Era un amigo de la familia, más bien de mi papá: se conocían del ambiente artístico de Resistencia. Cuando se enteró de que yo, con doce años, había escrito una novela, se acercó a conversar conmigo. Tuvo el gesto de sincero interés de llevársela, leerla, marcar un montón de cosas que le parecieron importantes corregir para mejorarla, y al devolvérmela se encontró como todo corrector que quiere ayudar a un escritor primerizo, con ese muro infranqueable de que todo está puesto con una intención y así queda perfecto.

Sin embargo, Nieto volvió a visitarme con cada novela que escribí, siguió tomándose el trabajo de leerlas detenidamente y hacer las anotaciones necesarias, sentarse a conversar conmigo y explicarme punto por punto sus observaciones. Los pongo en contexto una vez más: yo era una adolescente de escuela secundaria, henchida de orgullo por el trabajo que estaba haciendo. Era admirable, sí. Sin embargo, seguía en la línea de partida, pero como notaba mejoras importantes de una novela a la siguiente, en aquellos tiempos no lo veía de esa manera.

Quiero hacer un comentario al margen para que puedan comprender la enormidad de su gesto. José del Carmen Nieto había nacido en 1921, de modo que en la década de los ´80 era un señor de más de sesenta años. Quitando el detalle de su edad, era un escritor importante: llegó a publicar nueve libros: «Yarará» (cuentos), 1947; «Narah» (novela), 1950; «El pan está en los surcos» (novela), 1955; «Río Teuco» (novela), 1964; «Juicio final»(cuentos), 1966; «Tierra caliente» (novela), 1969; «Luz Roja» (novela), l975; «La Corona de Espinas» (novela), 1995 y «La Flauta Africana dialogando con la España Española» (novela), 2005, esta última, escrita conjuntamente con Dante Valledor y Luis Palacios Rivas, ambos fallecidos luego de haber escrito su parte del libro, que quedó enteramente en manos de Nieto para su edición. Además había sido director de la Casa del Chaco en la Capital Federal y subsecretario de Cultura del Chaco, esto último en los ´80. A comienzos de los ´90 fue también presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) filial Chaco. A pesar de que pertenecía a la esfera de las personalidades importantes de la comunidad, se ocupó de acompañarme en mi proceso en un ciclo que podríamos decir que comenzó y terminó con esa primera novela mía, «Llamaradas de Recuerdos».

A medida que fui creciendo y madurando, especialmente luego de haber tenido algunas experiencias lamentables al momento de necesitar un corrector, entendí lo generoso que había sido conmigo, no solamente (y no es poco) con respecto a lo económico, pues jamás me cobró por un trabajo que es muy costoso, sino también por lo minucioso que era, la paciencia que tenía al comprender mi ego adolescente y la visión que tuvo al ver no lo que yo era en ese momento, sino en lo que me podía convertir si me daba la guía necesaria.

Tenía poco más de veinte años cuando fui yo a visitarlo, ávida del conocimiento que hasta entonces no había valorado. Motivados por el mismo interés y amor a las Letras, empezamos a hablar un mismo idioma: nuestras conversaciones fueron cada vez más largas y fructíferas, mucho más para mí que para él, por supuesto, porque era yo quien más recibía en aquel intercambio. Solucioné con él dudas literarias, gramaticales, argumentales, nos zambullíamos en los libros que me recomendaba y nos preguntábamos (porque de eso no se salvaba por más trayectoria que tuviera) qué hacer con los libros luego de haberlos publicado, para llegar a otros lugares y a más lectores.

Volví a verlo cuando corregí por última vez «Llamaradas de Recuerdos», a comienzos del milenio. Una vez más, estaba orgullosa, pero también sentía cierta timidez y la humildad que hasta entonces no había tenido. Por supuesto, conversamos por varias horas y le dejé la copia. Cuando terminó de leerla me avisó para que fuera a recibir su devolución. Incluso me dedicó unas palabras escritas. Nuevamente, nos quedamos horas conversando. Fue una satisfacción increíble cuando él me dijo que ahora sí, la novela estaba lista para ser publicada.

Les recuerdo que yo soñaba con hacerlo desde la primera vez que la escribí, a los doce años. Gracias a Dios publicar era carísimo entonces, tanto como ahora, y no pude. Sí lo hice a los veinte años: de esa experiencia hablo en este video, con una edición artesanal de cuarenta ejemplares solamente. Luego, con las correcciones que me exigió Margot Pérez Solari, la novela volvió a ser extensa, y fue imposible hacer una tirada artesanal usando máquina de escribir y fotocopias. Tampoco existían los libros digitales; mal que me pesara, tenía que publicar en papel.

Ahora la novela estaba lista: por fin había logrado una historia prolija, interesante, amena, con personajes bien construidos. De todas formas me hizo una última observación: me dijo que él hubiera resuelto el final de otra manera, pero que era solamente una apreciación subjetiva como escritor.

La verdad era que yo ya estaba harta de tantas veces que la había corregido: mudé los lugares donde transcurría, cambié los nombres de los personajes, su aspecto físico, para tener al menos la sensación de algo diferente, por eso cuando me dio su aval la di por cerrada.

Dije recién que editar siempre fue caro y en esa época todavía no existían las opciones que ofrece ahora Internet. Ahí estaba yo, con una buena novela, sin saber cómo continuaba la aventura. Le pregunté, casi sin esperanzas, si en algún momento se me iba a presentar la oportunidad de publicarla, y él con toda seguridad me respondió que por supuesto: una vez que el libro está escrito, la oportunidad aparece. Efectivamente se presentó: ingresó a la imprenta de una Universidad Nacional del Nordeste, autorizada por el rector Oscar Vicente Valdés, en este video cuento cómo fue.

Volví a ver a Nieto unos años después en 2007, cuando terminé de escribir «Bufeos». Él tuvo la alegría de ver mi evolución como escritora y yo tuve el placer de contar una vez más con su felicitación.

José del Carmen Nieto murió el 10 de diciembre de 2009. Me enteré unos cuantos años después, buscándolo en Internet porque hacía tiempo que no sabía nada de él. Me hubiera encantado que pudiera leer la novela que estoy escribiendo actualmente, «El Juego de las Máscaras»; sin duda sus devoluciones hubieran sido una gran guía al momento de hacer las revisiones finales.

Me quedan entre otros, el recuerdo de cuánto insistía en que leyera los clásicos rusos. He leído de todo en mi vida, también literatura comercial y no me avergonzaba de ello. Nieto no perdía oportunidad de recomendarme volver a los grandes autores, los clásicos, especialmente los rusos, y finalmente, las semillas que sembró dieron frutos. Desde hace unos años retorné a los clásicos con la misma ilusión y felicidad que me deparaba leerlos cuando era una niña. Y hace muy poco terminé de leer «Ana Karenina», una de mis materias pendientes. Además de disfrutarla como lectora, esa novela de Tolstói me ayudó a comprender el trabajo que estoy haciendo con «El Juego de las Máscaras», desde otro ángulo.

Creo que nunca sabré con exactitud cuánto de lo que llegué a ser como escritora se lo debo a este caballero amable y atento, que siempre me trató con respeto, como a su par, sin hacer diferencias de edad ni trayectoria.

Dicen que nadie muere realmente mientras siga formando parte de los recuerdos de alguien. Nieto formará parte de mis recuerdos para siempre. Y rendirle este pequeño homenaje, tantos años después, es otra manera de traerlo de nuevo a la vida, en cada lectura que se haga de esta publicación.

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